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El Estado imposible que sigue existiendo

The Impossible State That Keeps Existing

geopolítica; asia; inteligencia; conflicto · 12 min

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Los documentales sobre Corea del Norte suelen quedarse con los desfiles militares y con las fotos satelitales de un país a oscuras, pero lo raro, bien mirado, es que siga existiendo. Cada año, cada década, los analistas anuncian su colapso inminente, y el régimen sobrevive igual. Hablamos de un Estado fundado en 1948 bajo la tutela de Stalin, que perdió a su principal protector en 1991, que pasó en los años noventa por una hambruna que mató a cientos de miles de personas y que vive bajo las sanciones más duras del sistema internacional. Con todo eso encima no se desmoronó, y en el camino desarrolló armas nucleares, exporta municiones a Rusia y se da el lujo de mandar un puñado de soldados a pelear en Ucrania.

Según cualquier cálculo razonable, Corea del Norte no debería existir, y sin embargo ahí está. Entender por qué obliga a aceptar algo incómodo sobre la naturaleza del poder.

La economía del absurdo

Con Pyongyang los números hay que tomarlos siempre con pinzas. Corea del Norte no publica estadísticas económicas, y lo que se sabe sale del Banco de Corea del Sur, de imágenes satelitales, de lo que cuentan los desertores y de los datos comerciales chinos y rusos. Con esas limitaciones, la imagen es más o menos esta: un país de unos 26 millones de habitantes cuyo PBI creció un 3,7% en 2024, el mayor crecimiento en ocho años, y cuyas exportaciones totales apenas pasan los 360 millones de dólares, menos de lo que factura una empresa mediana de cualquier país latinoamericano.

El grueso de la economía sigue funcionando con planificación centralizada y todavía se declara fiel, al menos en los discursos, a la doctrina Juche (autosuficiencia), la ideología que Kim Il-sung diseñó para salir del dilema de depender demasiado de Moscú o demasiado de Pekín. En la práctica, la autosuficiencia norcoreana es un eufemismo para la escasez. Desde el colapso soviético el país nunca recuperó su capacidad productiva, y la hambruna de los noventa, la llamada "Marcha Ardua", obligó al régimen a tolerar una economía informal de mercados (jangmadang) que hoy funciona como una especie de capitalismo clandestino con el Estado supervisando de cerca.

Durante una década Kim Jong-un intentó estabilizar la moneda atando el sistema, de manera informal, a una economía en parte dolarizada, y por un tiempo le funcionó. En la segunda mitad de 2024 el won norcoreano perdió dos tercios de su valor frente al dólar y pasó de unas 8.000 unidades por dólar a cerca de 27.000 a fin de año; para 2025 el tipo de cambio ya superaba las 36.000 unidades. El precio del arroz se triplicó en dos años. Se juntaron varias cosas. Se imprimió dinero para financiar aumentos salariales, la reapertura parcial de la frontera con China generó un déficit comercial, y por debajo de todo está la incapacidad estructural de un sistema que no tiene herramientas de política monetaria porque no cree en ellas.

El crecimiento de 2024, además, salió de un lugar muy concreto. El sector de manufactura pesada creció un 10,7%, el mayor salto del que se tenga registro, empujado por la producción de municiones y armamento para Rusia. Corea del Norte crece, entonces, porque fabrica proyectiles de artillería que terminan en el frente ucraniano. Uno tiende a imaginarla como una economía de subsistencia que además tiene armas nucleares, cuando en realidad subsiste gracias a sus armas y a su capacidad de producirlas.

El seguro de vida nuclear

Toda la lógica norcoreana termina en las armas nucleares. Pyongyang no es suicida, y la bomba le sirve mucho menos como instrumento ofensivo que como póliza de seguro, la más efectiva de la historia moderna. Kim Jong-un tiene los ejemplos a mano. Saddam Hussein no tenía bomba atómica y terminó en una horca; Gadafi renunció a su programa nuclear a cambio de promesas occidentales y terminó linchado en una cuneta. Los norcoreanos estudiaron esos casos con la atención que otros reservan para los manuales de estrategia.

Las estimaciones varían. Según el consenso del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, el arsenal norcoreano anda en unas 50 cabezas nucleares ensambladas, con material fisible suficiente para entre 70 y 90. Los analistas surcoreanos del Instituto Coreano de Análisis de Defensa (KIDA) van bastante más lejos y calculan entre 127 y 150 ojivas, con proyecciones de más de 400 para 2040. La diferencia tiene que ver con lo poco que se sabe de las instalaciones de enriquecimiento de uranio que Pyongyang opera fuera de Yongbyon.

Lo que sí se sabe es que el programa no se frena. En 2025 el reactor de 5 megavatios de Yongbyon sigue operativo, el reactor experimental de agua ligera está en pruebas finales y el sitio de pruebas de Punggye-ri ya está restaurado, listo para una séptima detonación nuclear cuando Kim lo considere oportuno. La inteligencia estadounidense no anduvo con rodeos en su evaluación de amenazas de 2025: Kim ve las armas nucleares como "garante de la seguridad del régimen" y no tiene "ninguna intención" de renunciar a ellas.

Si uno se pone en su lugar, cuesta culparlo. A los que probaron desarmarse no les fue muy bien, y la posición rusa le da a Kim una cobertura diplomática que hace una década no tenía, sobre todo desde que Lavrov declaró en 2024 que la desnuclearización de Corea del Norte es un "asunto cerrado".

Con el arsenal, un país pobre y aislado se vuelve un actor que nadie puede ignorar. Cualquier solución militar al problema norcoreano trae el riesgo de una catástrofe nuclear en Seúl, en Tokio o incluso en territorio continental estadounidense, y los misiles balísticos intercontinentales de combustible sólido, como el Hwasong-18, están pensados específicamente para evadir las defensas antimisiles de Estados Unidos y sus aliados. Esa capacidad, incompleta y si se quiere rudimentaria, pero real, es lo que mantiene vivo al régimen, mucho más que el socialismo o el Juche.

Rusia y China: los socios que no se eligieron

La relación de Corea del Norte con sus dos vecinos poderosos es realpolitik de manual. Ni Pekín ni Moscú le tienen demasiado cariño al régimen de Pyongyang, pero los dos lo necesitan, cada uno por sus razones, y pagan el precio de sostenerlo.

China es el socio dominante, con más del 90% del comercio exterior norcoreano, y además el principal proveedor de alimentos, energía y bienes de consumo. El Partido Comunista Chino mira a los Kim con una mezcla de condescendencia y fastidio, y si Pekín los tolera es por una razón estratégica elemental. Un colapso norcoreano significaría una Corea unificada bajo la égida de Seúl, con tropas estadounidenses en la frontera del río Yalu, algo que para China es inaceptable. Corea del Norte le sirve de Estado tapón, de colchón entre el mundo chino y la presencia militar estadounidense en el Pacífico, y Pekín la va a mantener con respirador artificial mientras siga cumpliendo esa función.

Con Rusia, la guerra en Ucrania dio vuelta la relación. Antes de 2022 Moscú era un socio secundario y ahora es un cliente. Corea del Norte le proporcionó millones de proyectiles de artillería, misiles balísticos de corto alcance y sistemas de lanzamiento múltiple de cohetes, y según estimaciones ucranianas de ahí sale hasta el 50% de los proyectiles que Rusia dispara en el frente. La inteligencia surcoreana calcula que Pyongyang mandó más de doce millones de proyectiles de artillería en total.

A eso se suman los soldados. A partir de octubre de 2024 se desplegaron en la región de Kursk entre 10.000 y 12.000 tropas norcoreanas, la primera participación de Corea del Norte en un conflicto armado de envergadura desde la Guerra de Corea. Tuvieron muchas bajas (el Ministerio de Defensa británico habla de más de 6.000 muertos y heridos) y el despliegue siguió igual. En abril de 2025 Corea del Norte confirmó oficialmente, por primera vez, que había enviado tropas. Kim habló de "aniquilar a los ocupantes neonazis ucranianos", aunque lo que buscaba era experiencia de combate y tecnología militar rusa, y también dinero.

A cambio, Corea del Norte recibe muchísimo. Las estimaciones ubican el flujo de capital ruso hacia Pyongyang entre 5.600 y 9.800 millones de dólares, y Rusia le está pasando tecnología militar que le permite a Kim modernizar un arsenal convencional estancado desde hacía décadas. En 2025 Corea del Norte botó su mayor destructor naval, probó un misil crucero supersónico que se parece sospechosamente a un modelo ruso, presentó drones suicidas con inteligencia artificial y lanzó nuevos sistemas de defensa antiaérea. Así, una guerra que en teoría no tiene nada que ver con la Península Coreana está pagando la mayor modernización militar norcoreana en décadas.

Hay bastante ironía en que el sistema de sanciones internacionales pensado para asfixiar a Pyongyang haya quedado prácticamente neutralizado por la complicidad activa de un miembro permanente del Consejo de Seguridad. Rusia compra armas norcoreanas y encima, a través de Lavrov, declaró que "respeta las aspiraciones nucleares" de Pyongyang. Los organismos multilaterales repiten lo del orden internacional basado en reglas como un mantra, mientras los mismos que lo diseñaron lo sabotean cada vez que les sirve.

El culto perfeccionado

Falta hablar del control interno, sin el cual nada de lo anterior funcionaría. Las bombas y los aliados ayudan, pero Corea del Norte se sostiene sobre el aparato de vigilancia y control más completo que existe hoy sobre la faz de la tierra.

El sistema songbun clasifica a toda la población en tres categorías (leal, vacilante, hostil) según los antecedentes políticos de la familia, que se remontan a la época de la fundación del Estado. Dónde vivís, qué comés y a qué escuela van tus hijos depende en buena medida de lo que hizo tu abuelo en 1950. Es un sistema de castas con características marxistas-leninistas o, si se prefiere, un feudalismo disfrazado de revolución.

El culto a la personalidad de la dinastía Kim no tiene paralelo contemporáneo; ni Mao ni Stalin ni el propio Castro armaron algo tan totalizante. Es una estructura cuasi-religiosa que funciona como sustituto secular de la religión, con su trinidad de Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un, sus escrituras sagradas, sus rituales obligatorios y un calendario propio. Un cristiano que conozca la estructura de los credos va a reconocer en el sistema Kim una inversión casi perfecta, la misma forma vaciada de todo contenido trascendente y rellenada con el Estado, con el Líder en el lugar de Dios y el miedo en el de la esperanza.

Sospecho que ese vaciamiento espiritual es lo más hondo del régimen. Corea del Norte es un proyecto de sustitución total de la experiencia religiosa humana por la devoción al poder político, y eso explica de paso su fragilidad escondida. Un sistema que depende de una fe que no puede admitir que es fe, porque se presenta como ciencia y razón histórica, necesita un control absoluto de la información para sostenerse, ya que alcanzaría con un solo contacto sostenido con el exterior para que la mitología entera se viniera abajo.

El régimen sabe que su legitimidad no sobreviviría a la competencia informativa, y actúa en consecuencia. El acceso a internet se limita a una intranet nacional y los teléfonos celulares funcionan en una red cerrada. Tener medios de comunicación extranjeros es un delito que puede costar la vida, y los desertores hablan de ejecuciones públicas por ver dramas surcoreanos.

¿Colapso o eternidad?

Desde 1991 se repite la pregunta de si esto puede durar, y en ese caso por cuánto. La respuesta honesta es que no sabemos. Los que predijeron el colapso llevan más de tres décadas equivocándose, y quienes apuestan a una estabilidad eterna se olvidan de que todos los regímenes totalitarios de la historia, sin excepción, terminaron cayendo. Lo que se discute es el horizonte temporal. La Unión Soviética duró 74 años, la China maoísta se transformó hasta volverse irreconocible y la dinastía norcoreana ya lleva 77.

Las dos posiciones tienen argumentos razonables. Del lado de la estabilidad, el arsenal nuclear elimina la amenaza exterior, China y Rusia garantizan un mínimo de sostén económico, el aparato de control interno no muestra fisuras visibles y la sucesión dinástica, que ya va por la tercera generación, demostró una capacidad de transferir el poder que pocos regímenes autoritarios consiguen.

Quien apuesta al colapso, o por lo menos a una crisis existencial, puede señalar una economía estructuralmente frágil, una devaluación en 2024-2025 que delata problemas serios de gobernanza económica y una información que, aunque controlada, se filtra. Los desertores cuentan que en la generación joven crece el cinismo hacia la propaganda. Si los norcoreanos creen o no en el sistema importa menos que cuántos fingen creer, y qué pasa el día que dejen de fingir.

Hay una tercera posibilidad, menos discutida y quizás más probable, que es una transformación lenta, algo así como un modelo chino invertido en el que el régimen mantiene el control político absoluto pero deja crecer una economía de mercado cada vez más visible. Kim Jong-un ya toleró los jangmadang y permitió cierta acumulación privada de capital, y hay una clase de nuevos ricos norcoreanos, los donju, que operan con la complicidad del Estado. Si encontrara la manera de descomprimir la economía sin perder el control político, podría comprarse varias décadas más de supervivencia.

El problema, como siempre, es que las reformas económicas generan demandas políticas. Lo mostraron la perestroika y la Primavera de Praga, y Kim, que estudió en Suiza y no tiene un pelo de tonto, lo sabe.

Corea del Norte recuerda algo desagradable, que el poder ejercido con brutalidad e inteligencia suficientes puede sostenerse mucho más tiempo del que la decencia quisiera. El régimen de Pyongyang es una adaptación, un organismo que encontró su nicho ecológico en las grietas del sistema internacional y que prospera a su modo porque ese sistema está demasiado fragmentado, y es demasiado hipócrita, para eliminarlo.

Si va a caer, y cuándo, no lo sabe nadie. A mí me inquieta más lo que dice de nosotros que siga en pie.

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