cultura; religión · 11 min
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Nicolás Maquiavelo escribió que un príncipe debe aprender a no ser bueno, y Thomas Hobbes, que sin un soberano absoluto la vida humana es brutal y corta. Orwell imaginó un sistema en el que el poder existe por el poder mismo y no tiene otro fin que perpetuarse. Kissinger hizo una carrera entera convencido de que el poder es un hecho que se administra y que tratarlo como un problema moral, algo que se resuelve, es perder el tiempo. Gente brillante, todos ellos, y sin embargo ninguno llegó tan lejos como un filólogo católico de Birmingham que escribía cuentos sobre hobbits.
Tolkien metió lo que entendía del poder en un anillo de oro, dentro de una novela que la academia literaria miró con desprecio durante décadas, y lo que entendía es algo que la teoría política occidental suele esquivar. El problema del poder absoluto no es que lo usen los malvados sino que corrompe a los buenos, y los corrompe siempre, sin excepción, sin esperar a que pase el tiempo ni a que se junten ciertos agravantes. Sobre esa premisa está armado El Señor de los Anillos, y ningún tratado político tuvo la honestidad, o el coraje, de sostenerla hasta las últimas consecuencias.
Para empezar, lo que el Anillo no es, porque malas lecturas hay de sobra. No es una alegoría de la bomba atómica. Tolkien lo dijo con todas las letras y bastante irritado, porque se lo preguntaron muchas veces; la novela se concibió en los años treinta, mucho antes de Hiroshima, y encima él detestaba la alegoría como forma literaria. Tampoco es "la tecnología", ni "el capitalismo", ni "el totalitarismo", ni ninguna otra abstracción que uno quiera enchufarle. El Anillo es el poder, así, sin apellido, una fuerza que anda por el mundo y deforma todo lo que toca.
Y la distinción importa. Una alegoría tiene el significado cerrado: representa X, se descifra la ecuación y no queda mucho más que decir. Con un símbolo eso no pasa, porque un símbolo se habita, y como símbolo del poder el Anillo es inagotable por la misma razón por la que el poder lo es, porque cada generación, y cada persona, le descubre los mecanismos otra vez, como si fuera la primera.
En una carta de 1951 a Milton Waldman, su editor, Tolkien lo explicó con una claridad que no siempre tenía al hablar de su propia obra. El Anillo es la voluntad de dominio hecha objeto. No es un arma, no destruye ejércitos ni conquista territorios, o por lo menos no directamente. Agranda la voluntad de quien lo lleva hasta que esa voluntad se vuelve dominio sobre los demás, y la trampa está en que cuanto más poderoso es el portador más útil le resulta el Anillo, y más rápido lo corrompe. Por eso un hobbit puede cargarlo durante años, porque un hobbit no tiene voluntad de dominio, mientras que un mago o un rey caería en días.
La primera gran escena política de El Señor de los Anillos pasa en la Comarca, en la sala de Bolsón Cerrado, y es una conversación sin batalla ni discurso en la que Frodo le ofrece el Anillo a Gandalf.
Lo que contesta Gandalf es, para mí, lo más inteligente que se haya dicho sobre el poder en una obra de ficción. Uno esperaría un "no lo quiero", y Gandalf dice lo contrario, que lo querría demasiado, que con el Anillo tendría un poder terrible y que las ganas de usarlo para hacer el bien serían más fuertes que él. "No me lo ofrezcas", le dice a Frodo. "No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para guardarlo. A través de mí ejercería un poder demasiado grande y terrible."
Gandalf entiende, y en eso está su sabiduría de verdad, que el Anillo es más peligroso cuanto mejor es quien lo lleva. Un ser malvado con el Anillo haría lo que ya quería hacer, nada más que con más eficiencia. Uno bueno empezaría queriendo curar el mundo y terminaría esclavizándolo, porque entre "quiero que el mundo sea mejor" y "quiero que el mundo sea como yo digo" hay mucha menos distancia de la que cualquiera está dispuesto a admitir.
La idea tiene algo muy antimoderno. Desde la Revolución Francesa para acá, la modernidad política se armó sobre la premisa de que el poder en las manos correctas da resultados correctos, y de que lo que hay que vigilar es quién lo ejerce. Tolkien no está de acuerdo. Para él el poder corrompe las manos correctas igual que las incorrectas y lo único que cambia es el camino: unas lo usan por crueldad o por codicia, las otras por compasión o por justicia, y en los dos casos se llega al dominio. Una vez que decidís que sabés lo que es mejor para los demás ya no necesitás su consentimiento, y a esa altura entre el tirano y el salvador no queda mucha diferencia.
La escena de Galadriel en Lothlórien es, en cierto sentido, la que más miedo da en toda la novela, más que Mordor, que los Nazgûl y hasta que Shelob. Frodo le ofrece el Anillo y Galadriel vacila. Es uno de los seres más antiguos y poderosos de la Tierra Media, vivió en Valinor y vio la luz de los Árboles, lleva miles de años resistiendo a Sauron con sabiduría y paciencia, y aun así vacila. Por un momento se imagina con el Anillo, y lo que ve, lejos de un reino de terror, es una reina hermosa y terrible a la que todos adoran y nadie teme, un poder de pura benevolencia, luminoso y bello. La hace retroceder lo perfecta que le sale la fantasía: "En lugar de un Señor Oscuro tendrías una Reina, no oscura sino hermosa y terrible como la mañana."
Pasa la prueba, aunque por un margen que se siente mínimo, y lo dice ella misma: "Pasé la prueba. Me haré pequeña, iré al Oeste, y permaneceré Galadriel." Hay en esa frase una renuncia enorme, la de alguien que acepta achicarse y envejecer, que es lo que cuesta no agarrar el poder cuando el poder se ofrece.
Con Galadriel, Tolkien muestra algo que los realistas políticos prefieren no ver. La virtud consiste en resistir la tentación, que no por eso desaparece, y resistir tiene un costo. Galadriel sale de esa escena más vieja y más cerca del final; le dice que no al Anillo y lo paga aceptando que su tiempo en la Tierra Media se termina. No tomar el poder te cuesta el poder que ya tenías. Cualquier político honesto lo reconocería, porque retirarse a tiempo es la decisión más difícil que hay, es aceptar la irrelevancia, y la irrelevancia, para un político, se parece bastante a la muerte.
Gandalf rechaza la tentación y Galadriel la resiste por un pelo. En Boromir la tentación se consuma, y lo que lo vuelve un personaje tan bueno es que tiene argumentos impecables.
Boromir quiere el Anillo para Gondor, para defender a su pueblo y ganar la guerra salvando vidas, y en ningún momento lo pide para sí mismo. Todo lo que dice a favor de usarlo lo aceptaría cualquier persona razonable sentada en una sala de situación. ¿Tenemos un arma que puede derrotar al enemigo y salvar miles de vidas y la vamos a destruir por escrúpulos morales? ¿En serio, con Sauron marchando hacia nuestras ciudades?
Su realismo es el de la necesidad, el argumento más fuerte que hay en política, porque con el enemigo en la puerta los principios son el más caro de los lujos. Kissinger lo habría entendido sin esfuerzo. En muchos sentidos Boromir es un kissingeriano, un hombre práctico que mira el mundo como es y no como debería ser, y que está dispuesto a usar lo que tenga a mano para resolver el problema inmediato.
Pero el problema de verdad es el Anillo, y el inmediato lo tapa. Usarlo para derrotar a Sauron es como pedirle prestada al enemigo su lógica para ganarle, algo que funciona en el corto plazo y en el largo te destruye. Boromir no lo ve, y tonto no es. Lo ciega el coraje, que a veces ciega más que la cobardía; el cobarde, por lo menos, desconfía de las soluciones fáciles.
Boromir muere defendiendo a Merry y Pippin, después de haber intentado quitarle el Anillo a Frodo, y es la redención más limpia de la novela. Muere arrepentido, siendo lo que siempre fue, un hombre bueno que cometió un error terrible por las razones más comprensibles del mundo. Eso es más triste que si hubiera muerto como villano, porque confirma lo que Tolkien venía diciendo, que el Anillo va a buscar sobre todo a los buenos que tienen buenas razones para usarlo.
Llegamos al centro, a un hecho que mucha gente prefiere no mirar de frente, y es que Frodo fracasa. Llega a la Grieta del Destino después de cargar el Anillo a través de medio mundo y de todo lo que sufrió en el camino, y en el momento decisivo no puede tirarlo. Se lo pone en el dedo y lo reclama. "El Anillo es mío", dice, y en ese instante la misión fracasa y el héroe pierde.
Al mundo lo salva un accidente, y el heroísmo de Frodo no tiene nada que ver. Gollum, enloquecido, le arranca el Anillo mordiéndole el dedo y en pleno éxtasis se cae al fuego. La misión se cumple por algo que Tolkien, como católico, habría entendido como providencia, una intervención que excede la voluntad de los personajes y que retroactivamente le da sentido a decisiones que en su momento parecían inexplicables. La misericordia de Bilbo con Gollum en las cuevas de las Montañas Nubladas y la insistencia de Frodo y Gandalf en no matarlo cuando pudieron van a parar a un momento que ninguno de ellos planeó, ni podía planear.
Hay más teología que relato en esto. Es la idea, específicamente católica, de que la gracia actúa a través de la historia por caminos que los actores individuales no pueden comprender ni controlar, y de que la misericordia, que tiene toda la pinta de debilidad, funciona como una inversión a largo plazo, con un retorno imposible de calcular porque depende de un orden que excede el cálculo humano.
Un realista no puede aceptar esto. El realismo político no admite la providencia, ni tampoco que la misericordia sea una estrategia viable, porque en el corto plazo casi nunca lo es. En términos de realpolitik, perdonar a Gollum fue una estupidez y un riesgo innecesario, y sin esa estupidez el mundo se habría perdido. Tolkien deja en pie al realismo, solo que lo encuentra incompleto, porque hay fuerzas en juego que el análisis estratégico no puede capturar, y la sabiduría consiste en actuar como si esas fuerzas existieran aunque no puedas demostrarlas.
El genio político de Tolkien, y uso la palabra "genio" con cuidado, está en haber diagnosticado un problema que la teoría política no resuelve y que la práctica política confirma en cada generación. El poder absoluto no se puede administrar. No lo administran bien los malos ni los buenos, con instituciones o sin ellas, y su único destino es la destrucción, ojalá la propia.
Ingenuo sería lo contrario, creer que el poder absoluto se puede usar para el bien si lo manejan las personas correctas. Eso creen Boromir, Saruman, Denethor y todos los que fracasan en la novela. La respuesta sabia, la de Gandalf y Galadriel y al final la del Concilio de Elrond, da por hecho que personas correctas no hay, que el instrumento deforma al que lo usa siempre y sin remedio, y que al poder absoluto solo queda destruirlo.
A Maquiavelo esta posición le habría parecido absurda: si tenés un arma que te da ventaja la usás, y de las consecuencias morales te ocupás después. Kissinger habría estado de acuerdo, porque la política es el arte de lo posible y lo posible incluye usar las herramientas que el mundo te da. Dentro de su marco tienen razón. Tolkien trabaja en uno más amplio, que incluye lo que el realismo deja afuera por definición, la posibilidad de que exista un orden moral que funcione a una escala de tiempo que los estrategas no pueden medir.
Y Tolkien no era ningún idealista. Peleó en el Somme y vio lo que hace el poder cuando se lo suelta sin restricciones. No creía que el mundo fuera bueno, ni la gente tampoco. Lo veía como un lugar caído, donde la bondad era posible aunque costaba y la misericordia era un riesgo necesario, y donde el poder resultaba la más peligrosa de las tentaciones porque llegaba siempre como solución y nunca como problema.
Lo que enseña el Anillo pertenece a la metafísica del poder más que a su política, que es el terreno de Maquiavelo y Kissinger. En la metafísica solo se animan a entrar los santos y los novelistas, y de los dos, los novelistas suelen ser más honestos.