Materias cine; cultura; estados unidos
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Hustler

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cine; cultura; estados unidos · 10 min

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La comparación obvia con Marty Supreme es Uncut Gems, que tiene el mismo director, un protagonista de la misma familia y esa ansiedad que no afloja durante dos horas y media. Pero creo que rinde más ponerla al lado de Goodfellas. En género no tienen nada que ver, pero comparten la estructura moral.

Goodfellas cuenta la historia de un tipo que viene de abajo y quiere todo, consigue buena parte, y en el camino deja ver algo de cómo funciona el sistema en el que se mueve. Henry Hill, que podría pasar por una aberración de América, es América en su expresión más sincera, con esas ganas de llegar como sea. La mafia de Goodfellas es el capitalismo americano sin barniz ni eufemismos, y sin departamento de compliance. Scorsese lo entendió con una claridad que treinta años después todavía cuesta digerir. Josh Safdie entendió lo mismo y encontró un vehículo que deja la tesis todavía más a la vista, el ping pong.

La elección del deporte

De todo lo que se decidió en Marty Supreme (el casting, la fotografía de Darius Khondji, la banda sonora anacrónica llena de temas de los ochenta sobre una historia ambientada en los cincuenta), lo más inteligente fue el deporte.

El ping pong, que en 1952, cuando transcurre la película, casi nadie en Estados Unidos tomaba como un deporte de verdad. Era un juego de sótano o de club social, de judíos inmigrantes del Lower East Side que jugaban en mesas improvisadas. El boxeo tiene épica y el béisbol tiene mitología nacional, y hasta el ajedrez tiene por lo menos el prestigio de los intelectuales. El ping pong es una pelotita de celuloide que va y viene sobre una mesa verde.

Y funciona por eso mismo. Cuanto más insignificante es el deporte, más a la vista queda la mecánica pura de la ambición. Si Marty Mauser fuera boxeador, su hambre de grandeza entraría en un marco conocido, el del peleador de barrio que sube a fuerza de golpes, Rocky, Raging Bull y todas sus variantes, y su obsesión nos parecería lógica porque el boxeo, culturalmente, justifica la obsesión. Pero Marty quiere ser el mejor del mundo en algo que al mundo no le importa. Eso deja al desnudo lo que el relato deportivo de siempre suele tapar, que la ambición es una fuerza interna y ciega, que no guarda proporción con lo que la provoca y se pega a lo que tenga cerca. A Marty el ping pong en sí no le importa mucho. Le importa ser el mejor, en lo que sea, y el ping pong es el canal que encontró a mano.

Safdie lo sabe, y por eso puso al personaje más improbable en la historia más americana posible. Un hustler judío del Lower East Side que juega al ping pong es, en términos de sueño americano, el caso de estudio más puro que se pueda imaginar, porque no tiene nada que le allane el camino, ni plata ni conexiones ni un deporte que la cultura respete. Tiene talento y tiene voluntad, y con eso le tiene que alcanzar. Si le alcanza, y a qué costo, es lo que queda por ver.

Marty como sistema operativo

Timothée Chalamet desaparece en esta película, y eso no se lo había visto hacer antes. Actuar, actúa; lo que se borra es Chalamet mismo, la belleza, la delicadeza, el aura de príncipe del cine independiente, todo tapado por Marty Mauser. Lo que queda es un tipo flaco con anteojos que no puede parar de hablar, que entra a cada habitación como si fuera suya y miente con la misma naturalidad con la que respira.

Marty habla en declaraciones. Cada frase empieza con "yo" y termina con un punto, sin negociar ni dudar en el medio. Dice "soy el mejor" con la misma convicción con la que diría que hoy es martes. Llamarlo arrogante sería quedarse corto, porque la arrogancia supone una distancia entre lo que uno cree y lo que uno es, y en Marty esa distancia no existe: para él creer que es el mejor y serlo son la misma cosa, y esa confianza es lo que lo hace andar, su sistema operativo.

Y la película, cosa rara, no decide si eso está bien o mal. Safdie filma a Marty con la distancia con la que un documentalista filmaría a un depredador, sin juzgarlo ni condenarlo. Ahí está. Así funciona. Miralo.

Marty le roba a su tío y le miente a todo el que tiene alrededor. Embaraza a Rachel, su amiga de la infancia, que está casada con otro, y cuando ella le dice que el hijo es suyo, lo niega. Seduce a Kay Stone, una actriz retirada casada con un magnate, menos por amor que porque el glamour de ella lo atrae como lo atrae cualquier forma de grandeza. A Rachel le dice que él tiene un propósito y ella no. A la gente la usa como recurso y la descarta cuando estorba, y entre una cosa y la otra no se nota ninguna transición. Que la película no lo castigue, o no del todo, es lo que la vuelve subversiva.

La lógica del hustler

En Goodfellas, Henry Hill termina en el programa de protección de testigos, comiendo pasta mediocre en los suburbios y extrañando la vida que perdió. Es un castigo, pero ambiguo, porque lo que Hill extraña es la emoción del crimen y la película se las arregla para que el espectador la extrañe también. Scorsese no moralizó. Mostró la seducción del mal y dejó al espectador solo con ella.

Safdie hace algo parecido con Marty, pero sin la estructura de ascenso y caída que ordena Goodfellas. La trayectoria de Marty va en zigzag; avanza, se estrella, rebota y vuelve a avanzar. Roba la zapatería de su tío para pagarse el viaje a Londres, y en Londres se instala en una suite del Ritz que no puede pagar y pierde el campeonato. Vuelve a Nueva York sin un peso y se alía con Wally para estafar apostadores en torneos de segunda. Un accidente lo cruza con un mafioso, después pierde el perro del mafioso, y así una cosa lleva a otra y a otra, con una lógica que se va acumulando hasta la catástrofe.

Con esa estructura Safdie agarra algo que el relato deportivo de siempre se pierde. La vida del buscavidas tiene la forma de un estado permanente, sin arco dramático que la ordene. Marty va apilando problemas sin resolver ninguno y sigue adelante, siempre, con una resiliencia que es admirable o sociópata según dónde se pare uno, y la película se niega a decirte dónde pararte.

Esa negativa es política. Dice algo sobre América, sobre cómo funciona de verdad el sistema americano (el capitalismo, la meritocracia, la cultura del self-made man) cuando le sacás la retórica. El sueño americano dice que si tenés talento y voluntad podés llegar. Lo que no dice es qué tenés que hacer para llegar, ni qué le pasa mientras tanto a la gente que se te cruza. Marty tiene talento y voluntad, y llega. Pero el camino queda sembrado de gente a la que usó, a la que le mintió, abandonó o destruyó, y la película se limita a mostrar ese camino, sin carteles de advertencia.

Rachel y el costo

Rachel es el personaje que deja ver lo que Marty no puede ver. Es su amiga de la infancia, su amante y la madre de su hijo, y es también la que más claramente paga el precio de esa ambición.

Odessa A'zion hace algo notable con el personaje. Su Rachel tiene poco de víctima pasiva, es inteligente, tiene su propia astucia, conoce a Marty de toda la vida y sabe muy bien quién es. Saberlo, igual, no la protege. Cuando Marty le dice que él tiene un propósito y ella no, la crueldad de la frase está en lo que dice y también en que Marty ni siquiera la registra como crueldad. Para él es un dato, él tiene un propósito y ella no, y los datos no son crueles.

Es la misma lógica que corre en cualquier sistema de alta competencia, corporativo o político, o deportivo como este. La gente que no sirve al objetivo es descartable, y el descarte se anota como eficiencia, sin que nadie le cargue un daño moral. Marty es cruel por omisión. En su campo de visión entra una sola cosa, que es ganar, y lo que no ayuda a ganar directamente no lo ve.

La película tampoco subraya esto. Rachel aparece con un ojo morado porque el marido le pegó, y Marty se le va encima al marido con una violencia inmediata. Se podría leer como protección, aunque funciona más como un acto de propiedad, del tipo nadie le pega a lo que es mío. La diferencia es sutil, y Safdie la deja ahí sin explicarla para que el espectador la procese solo.

El final

El final es lo que separa definitivamente a Marty Supreme de Uncut Gems. Howard Ratner terminaba con una bala en la cabeza. Marty termina llorando frente a la ventana de la nursery de un hospital, mirando a su hijo recién nacido.

Es el primer momento de la película en que Marty se queda callado. Después de dos horas y media de hablar sin parar, de declaraciones en primera persona y de movimiento perpetuo, de pronto hay silencio, y Chalamet hace algo que no hizo en toda la película, que es quedarse quieto. Llora mirando algo sin calcular qué le puede sacar.

Ese final se puede leer de dos maneras. La lectura generosa dice que Marty, por primera vez, ve algo más grande que él mismo, que el hijo, la vida nueva, lo saca del circuito cerrado de la ambición y lo conecta con algo humano que la obsesión no le dejaba ver. Es la lectura redentora, y la película da elementos para sostenerla.

La menos generosa es que llora porque se quedó sin juego. Perdió todo lo que tenía en movimiento y volvió a cero, y ese llanto se parece más al agotamiento que a la redención. La máquina se paró por falta de combustible, y mañana, cuando se recargue, va a volver a hacer lo mismo de siempre.

Safdie no elige entre las dos lecturas y las deja convivir. A mí me parece que esa ambigüedad es lo que separa a una película buena de una importante.

La pregunta

Marty Supreme pregunta algo más incómodo que si Marty es bueno o malo. Pregunta si existe alguna forma de excelencia que no destruya algo, si se puede ser el mejor del mundo en lo que sea, ping pong, negocios, arte o política, sin que el costo lo paguen las personas que están cerca.

La respuesta implícita de la película es que no, que la excelencia de verdad, la que pide una dedicación absoluta, es incompatible con la decencia de todos los días. Los excelentes a veces son malas personas, pero el problema viene de otro lado, de una concentración tan totalizante que todo lo demás se vuelve borroso y prescindible. Los genios son genios en parte porque ven una sola cosa con una claridad que los demás no tienen, y esa claridad se paga con todo lo que queda fuera de foco, que se vuelve invisible.

Scorsese mostró eso con mafiosos. Safdie lo muestra con un jugador de ping pong, y con eso deja claro que el problema no es del crimen organizado ni de los márgenes de la sociedad sino de la ambición misma, de la estructura del sueño americano, que promete todo y no menciona el precio.

Marty Supreme, una película sobre ping pong protagonizada por un tipo insoportable al que no podés dejar de mirar, es la mejor película sobre el sueño americano desde Goodfellas.

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