A principios de julio, el embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede le dedicó noventa minutos al New York Times para explicar por qué la condena del papa a la guerra contra Irán no significa lo que parece. Cuando León XIV habla de la guerra, dijo Brian Burch, no habla como pastor de 1.400 millones de católicos sino como jefe de Estado de un país de menos de mil habitantes, un líder político entre líderes políticos. Declarar injusta una guerra, agregó, no es un juicio que el papa pueda hacer en serio, porque accede a un conjunto limitado de hechos frente a lo que manejan las agencias de inteligencia. Y una frase quedó flotando sobre el resto: incluso si el papa declaró injusta la guerra, no lo decía en serio. El titular de la edición impresa decía que Trump y el papa León están "muy alineados", según el enviado al Vaticano.
La respuesta de Roma tardó cuatro días. El 13 de julio los medios vaticanos publicaron un editorial firmado por su director, Andrea Tornielli, aprobado en los niveles más altos de la Curia, que no menciona a Burch ni una vez y lo refuta línea por línea. El título hace todo el trabajo: el Papa siempre habla como pastor. Cuando habla de la guerra y la paz, de los migrantes o de la inteligencia artificial, el sucesor de Pedro no se convierte en el político de una ciudad-Estado, habla como lo que es. Diez días después, Burch aclaró en una entrevista televisiva que los dos roles del papa son inseparables. En diplomacia eso tiene un nombre, retirada.
La operación intelectual que intentó Washington es vieja, separar las dos naturalezas de la palabra papal para poder desestimar una. Los emperadores germánicos la ensayaron durante dos siglos y Napoleón la llevó al extremo de arrestar a un papa. La Iglesia lleva casi mil años litigando esa frontera y la conoce mejor que nadie. Lo nuevo no es el pleito, es la escala: por primera vez el papa es ciudadano de la superpotencia, y la superpotencia acaba de descubrir que eso no le sirve de nada.
Durante más de un siglo los cónclaves operaron bajo una regla que nadie escribió y todos entendían: nunca un papa de la superpotencia. La Iglesia ya cargaba con la acusación de ser un poder extranjero en todas partes, sumarle la ciudadanía del hegemón era regalar el argumento. El 8 de mayo de 2025, en la cuarta votación, 133 cardenales rompieron la regla. Eligieron a un hombre de Chicago que pasó la mayor parte de su vida adulta fuera de Estados Unidos, entre el norte del Perú y Roma, y que salió al balcón a hablar en italiano y en español, sin pronunciar una palabra en el idioma de su país. Catorce meses después ya se puede decir para qué sirvió romper el tabú, aunque la respuesta no es la que esperaban ni los que lo temían ni los que lo celebraron.
Robert Prevost nació en Chicago en 1955, fue monaguillo en una parroquia del South Side y entró a los agustinos a los veintidós años. Su orden lo eligió dos veces prior general, el cargo máximo, que ejerció desde Roma entre 2001 y 2013. Pero el país donde hizo su vida fue otro: misionero en el norte del Perú desde mediados de los ochenta, administrador apostólico de Chiclayo desde 2014, obispo después. En 2015 se naturalizó peruano. Cuando el cónclave lo eligió, el hombre tenía dos pasaportes y una diócesis de provincia en el currículum, no una arquidiócesis imperial.
Francisco lo había traído a Roma en 2023 para dirigir el Dicasterio para los Obispos, el despacho que filtra cada nombramiento episcopal del planeta, y a comienzos de 2025 lo elevó al rango cardenalicio más alto. Los que cuentan votos lo sabían papable, el público no lo conocía. Según las reconstrucciones posteriores, una alianza discreta de cardenales de América del Norte y del Sur allanó el camino, y la elección fue además una derrota del bloque italiano que soñaba con recuperar el papado después de casi cincuenta años. Trump lo celebró a su manera, qué emoción, qué gran honor para nuestro país. Todavía no sabía lo que estaba celebrando.
Porque el detalle que explica el pontificado es que el tabú no se rompió con un cardenal de Nueva York con acento de cadena de televisión. Se rompió con el americano menos americano disponible, un hombre formado en el sur global, que habla de Chiclayo como su casa y cuya familia condensa la historia completa de su país: abuelos inmigrantes, y por el lado materno, contó él mismo esta semana en una entrevista, ascendencia de esclavos y también de dueños de esclavos, las raíces criollas de Nueva Orleans. A un papa argentino o polaco, Washington podía tratarlo como una voz extranjera. A este no. Ese fue siempre el riesgo del papa americano para América: es el único crítico al que no se le puede decir que no entiende el país.
El 28 de febrero, lo que empezó como un ataque israelí se convirtió en pocas horas en una operación conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán. El Pentágono la llamó Epic Fury, y el objetivo declarado incluía, textualmente, cambiar el liderazgo del país. La campaña mató a Khamenei en su residencia de Teherán, arrasó lo que quedaba del programa nuclear y terminó en un alto el fuego en abril, con la República Islámica decapitada y negociando. Como ejercicio de poder militar, fue la demostración más contundente de la década de que Estados Unidos sigue siendo la única superpotencia operativa del planeta.
León se opuso desde el primer día. En abril pidió a la gente de buena voluntad buscar siempre la paz y rechazar la guerra, "especialmente una guerra que muchos han dicho que es injusta". Trump le contestó por Truth Social el 12 de abril: el papa es débil con el crimen y terrible para la política exterior. Un presidente americano atacando en público a un papa americano, algo sin precedente por la razón más simple, nunca había existido la combinación. Y el 6 de junio, en el vuelo que lo llevaba a España, León dejó de hablar en condicional. Creo que esto ya quedó muy claro, dijo a los periodistas: en Irán no están presentes los criterios de una guerra justa.
Conviene entender qué es esa frase, porque no es un editorial. La doctrina de la guerra justa no es pacifismo, es un canon de dieciséis siglos que admite la guerra bajo condiciones, causa justa, autoridad legítima, último recurso, proporcionalidad. Agustín lo esbozó cuando el imperio era Roma, precisamente para decirle al poder cuándo su espada era lícita. León no opinó sobre Irán, aplicó el canon, y el canon dio negativo. Que el veredicto recayera sobre su propio país es un dato biográfico, no doctrinal: la vara habría sido idéntica para Moscú o para Beijing.
El realismo obliga a decir lo otro: la condena no detuvo un solo bombardero. El poder espiritual no mueve portaaviones, no repone un radar, no cambia el resultado de Epic Fury. Lo que hizo fue algo distinto, dejar registrado en la doctrina, que es donde la Iglesia escribe lo que no puede imponer, que la operación militar más exitosa de la década no pasó el examen moral que el Occidente cristiano se dio a sí mismo hace dieciséis siglos. Washington ganó la guerra y perdió el dictamen. Para un gobierno que piensa en mandatos, eso es irrelevante. Para una institución que piensa en siglos, es lo único que queda.
El otro expediente es interno. Cuando un periodista le preguntó en Castel Gandolfo por la política de su país, León respondió que quien dice estar contra el aborto pero acepta el trato inhumano a los inmigrantes en Estados Unidos, "no sé si eso es pro-vida". En la misma conversación agregó que quien está contra el aborto pero a favor de la pena de muerte tampoco es realmente pro-vida. Las dos frases juntas son un programa: la misma vara para las dos alas del catolicismo político americano, que llevaban décadas usando la doctrina como arsenal partidario y descubrieron que el papa la usa como doctrina.
En noviembre respaldó el mensaje de los obispos de Estados Unidos, reunidos en Baltimore, contra las redadas masivas de deportación, calificó el trato a los detenidos de extremadamente irrespetuoso y recordó algo que en otro contexto sería una obviedad: hay tribunales, hay un sistema de justicia. Días antes había pedido que los capellanes pudieran entrar a los centros de detención, después de que en Broadview, Illinois, su propia tierra, a un grupo de detenidos le negaran la Comunión el día de Todos los Santos. El 4 de julio de este año eligió el aniversario de la independencia para recordar que defender la vida implica acoger a los inmigrantes cuyas esperanzas y sacrificios formaron el país desde el principio. Y esta semana, en una entrevista con NBC y Telemundo, dijo sin rodeos que no le tiene miedo a la Casa Blanca.
Ahora bien, la cobertura suele cortar la cita donde le conviene. León también dijo que nadie está proponiendo fronteras abiertas y que cada país tiene derecho a decidir quién entra y con qué métodos. No discute la soberanía migratoria de Estados Unidos, discute que los métodos tienen un piso, y que el piso lo fija una antropología, no una encuesta. La distinción desarma la caricatura del papa globalista enfrentado al Estado nación. Lo que hay es más incómodo para todos: un papa que le concede al Estado su derecho a la frontera y no le concede excepciones sobre la dignidad del que la cruza.
Si León fuera el capellán del imperio que algunos temieron, habría una prueba fácil para detectarlo: China. Durante el interregno entre la muerte de Francisco y el cónclave, Beijing avanzó por su cuenta con la elección de dos obispos, la clásica prueba de presión a una Sede vacante. León no denunció ni rompió. Siguió operando el acuerdo de 2018 sobre nombramientos episcopales como si nada hubiera pasado, nombró un auxiliar en Fuzhou al mes de asumir, y en julio de este año se ordenó en Chifeng, Mongolia Interior, el obispo número quince bajo el acuerdo, aprobado con su firma. Mientras Washington confronta a Beijing en todos los planos, el papa americano firma nombramientos episcopales con el Partido Comunista Chino. La diplomacia vaticana corre por un carril propio, y la ciudadanía del papa no la subordinó a la política exterior de su país. Es el dato que más incomoda a la tesis del papa del imperio, y por eso es el más importante del pontificado.
Con Ucrania el resultado fue el inverso y la lección, la misma. En mayo de 2025, con el vicepresidente Vance sentado enfrente, León ofreció la Santa Sede como sede para negociar entre Kiev y Moscú. Nadie usó la mesa. La guerra pasó los 1.600 días con el frente clavado donde estaba. La oferta sigue en pie, que es todo lo que una oferta papal puede hacer.
Y está Beirut. El primer viaje del pontificado, a fines de noviembre, fue a Turquía y al Líbano. En İznik, la antigua Nicea, rezó con el patriarca Bartolomé junto a la basílica sumergida donde hace 1.700 años se escribió el Credo. Después fue al puerto de Beirut, rezó por las víctimas de la explosión de 2020 y pidió la paz para el país que más la necesitaba. Tres meses más tarde el Líbano estaba otra vez en guerra. El dato no humilla al papa, lo mide: la palabra papal no desactiva un frente cuando el hardware ya está en movimiento, y la Iglesia lo sabe mejor que nadie, lleva siglos pidiendo paces que no llegan. Las sigue pidiendo porque su horizonte no es la próxima guerra, es todas.
Queda un detalle de agenda que vale un párrafo propio. El papa le confirmó a Milei que visitará la Argentina, y el Vaticano aclaró que no hay ningún viaje programado a Estados Unidos. Si el calendario se cumple, el primer papa americano de la historia va a pisar Buenos Aires antes que Washington.
Dos días después de su elección, León explicó ante los cardenales por qué había elegido el nombre. León XIII respondió con la Rerum Novarum a la cuestión social de la primera revolución industrial, dijo, y hoy la Iglesia enfrenta otra revolución industrial, la de la inteligencia artificial, con nuevos desafíos para la dignidad humana, la justicia y el trabajo. Podía ser retórica inaugural. No lo era. El 15 de mayo de 2026, en el aniversario exacto número 135 de la Rerum Novarum, firmó su primera encíclica: Magnifica Humanitas, sobre la salvaguarda de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Cuarenta y dos mil palabras, cinco capítulos, y un gesto que los papas no suelen hacer: la presentó él mismo, en el Aula del Sínodo, en lugar de delegarla en cardenales.
Entre los oradores de la presentación estaba Chris Olah, cofundador de Anthropic, uno de los laboratorios que construyen la tecnología en cuestión, y el papa le agradeció por nombre haber aceptado la invitación. Un editor católico escribió que era como imaginar a León XIII invitando a Rockefeller a escucharlo hablar sobre la dignidad del trabajo. En ese mismo discurso, León dijo que la inteligencia artificial está cambiando dramáticamente cómo se hace la guerra. Lo dijo unas semanas después del alto el fuego con Irán.
Acá conviene detenerse, porque este es el movimiento que mejor explica qué compró el cónclave cuando rompió el tabú. Un gobierno piensa en el ciclo electoral. Una empresa piensa en el trimestre, y las que dicen pensar a diez años lo dicen en presentaciones a inversores. La Iglesia retomó en 2026 una conversación que había abierto en 1891, el mismo día del calendario, con el mismo nombre en la firma, como si los 135 años del medio fueran un trámite interno. Ninguna otra institución de Occidente puede hacer eso. Cuando el papa firma un documento sobre inteligencia artificial no está compitiendo con los papers de los laboratorios ni con los reglamentos europeos, que van a estar obsoletos en cinco años. Está escribiendo para el archivo largo, para el lector de dentro de cien años que quiera saber qué dijo la Iglesia cuando las máquinas empezaron a pensar. Esa escala temporal, que el mundo contemporáneo dejó casi extinguir, es el verdadero contrapoder, y no se le opone a Washington, lo excede.
Por eso la tensión entre la superpotencia y el papa no es una contradicción que haya que resolver, es una convivencia que hay que entender. El poder americano administra el presente del mundo, y lo hace con una eficacia que Epic Fury acaba de exhibir. Roma administra otra cosa, la memoria y el horizonte, y mide con otra vara. La eficacia se cuenta en mandatos, la licitud se cuenta en siglos. Kissinger y Agustín no contestan la misma pregunta, y un país serio necesita que alguien conteste las dos.
El 8 de mayo de 2025, el primer papa americano salió al balcón de San Pedro y no le habló a su país: italiano para Roma, español para Chiclayo, nada para Chicago. Catorce meses después le habló, en inglés, por televisión, y lo que le dijo fue que no le tiene miedo. Durante un siglo los cónclaves temieron que un papa de la superpotencia terminara siendo el capellán del imperio. Eligieron uno y resultó exactamente lo contrario, la única voz que el imperio no puede comprar ni despedir. La Casa Blanca puede discutirle la política y un embajador puede explicar que no habla en serio. Lo que ninguno puede hacer es quitarle la palabra, porque la palabra no se la dio América.