Materias geopolítica; asia; china; estados unidos; defensa
Lectura 14 min
000034

La isla de la que depende el mundo

The Island the World Depends On

geopolítica; asia; china; estados unidos; defensa · 14 min

Compartir
X

www.gabrielcerezo.com/articulo/000034?lang=es

Uno pensaría que los chips más avanzados que existen se fabrican en Estados Unidos, o en China, o en alguna de las potencias industriales de siempre, Corea del Sur, Japón, Alemania. Hay un solo lugar en la Tierra donde se pueden hacer, y es una isla de treinta y seis mil kilómetros cuadrados con veintitrés millones de habitantes, a ciento sesenta kilómetros de la costa china, que China considera parte de su territorio y cuya independencia de facto se sostiene, desde 1949, sobre la voluntad norteamericana de defenderla.

Taiwán produce cerca del noventa y dos por ciento de los chips lógicos más avanzados del mundo, los que están por debajo de los cinco nanómetros. Una sola empresa taiwanesa, TSMC, se queda con alrededor del setenta por ciento de los ingresos del mercado global de fundición de semiconductores, y en chips avanzados su participación ronda el noventa por ciento. Nadie más hace lo que hace TSMC a esa escala y con esa calidad. Samsung fabrica chips avanzados, pero con rendimientos más bajos y una cuota de mercado que viene cayendo, e Intel, que lleva una década intentando recuperar terreno, acaba de necesitar una inyección de capital del gobierno norteamericano para no desintegrarse. Dicho así suena a dato económico. Alcanza con imaginar que mañana China bloquea o invade Taiwán, y que ese día se apagan las luces del siglo XXI, para darse cuenta de que es una vulnerabilidad civilizatoria.

El cuello de botella

Lo primero es ver qué hace TSMC y por qué nadie más puede hacerlo. TSMC fabrica los chips que diseñan otros (Apple, Nvidia, AMD, Qualcomm, Broadcom y docenas más) y no tiene productos propios para el consumidor final. El procesador más rápido que Apple presenta con cada nuevo iPhone lo diseñó Apple y lo fabricó TSMC. Las tarjetas gráficas de Nvidia con las que se entrenan los modelos de inteligencia artificial que están transformando la economía global también salen de TSMC, y los semiconductores avanzados que el Pentágono necesita para sus sistemas de armas de última generación vienen, directa o indirectamente, del mismo lugar.

Fabricar semiconductores avanzados es probablemente el proceso industrial más complejo que haya desarrollado la humanidad. Un chip moderno de tres nanómetros tiene miles de millones de transistores organizados en estructuras de un tamaño comparable al de un puñado de átomos. Para hacerlo se necesitan máquinas de litografía ultravioleta extrema que cuestan más de trescientos millones de dólares cada una y que en el mundo produce una sola empresa, la holandesa ASML, además de salas limpias con una concentración de partículas en el aire millones de veces menor que la de una habitación normal. Después están los miles de ingenieros con décadas de oficio en procesos que no se aprenden en ningún libro, y una cadena de suministro de cientos de materiales y componentes ultrapuros que llegan de todo el mundo.

TSMC llegó a dominar todo esto a lo largo de treinta años de inversión obsesiva, juntando talento y puliendo el proceso de a poco. Su fundador, Morris Chang, un ingeniero formado en MIT y Stanford que había trabajado en Texas Instruments, creó la empresa en 1987 con una idea que en ese momento parecía modesta, la de no diseñar chips propios y dedicarse a fabricar los que diseñaban otros. Ese modelo de "fundición pura" les sacó de encima a los diseñadores la necesidad de tener sus propias fábricas y permitió una especialización que treinta años después nadie logró copiar. Hoy la industria global de semiconductores se divide entre los que diseñan y los que fabrican, y en la categoría avanzada el que fabrica es, en la práctica, uno solo.

Por qué el reshoring no va a funcionar a tiempo

Estados Unidos y Europa se dieron cuenta del problema. La CHIPS and Science Act norteamericana movilizó incentivos que arrastraron más de cuatrocientos cincuenta mil millones de dólares en inversión privada; TSMC está construyendo fábricas en Arizona, Intel recibió un apoyo federal masivo y Samsung amplía su presencia en Texas. La Unión Europea lanzó su propia European Chips Act, y Japón subsidia la construcción de fábricas de TSMC en Kumamoto. Todo eso hace falta, aunque no alcance.

El problema de fondo es que la fabricación de semiconductores avanzados no se muda como una línea de ensamblaje de autos. Construir un edificio, instalar máquinas y contratar obreros es la parte fácil. Lo que hay que replicar es un sistema entero que tardó tres décadas en armarse, vive del conocimiento tácito acumulado en miles de ingenieros, necesita una cadena de suministro de una complejidad abrumadora y trabaja con márgenes de error que se miden en átomos.

La fábrica de TSMC en Arizona sirve de ejemplo. Se anunció en 2020 con un inicio de producción previsto para 2024 y se retrasó, mientras los costos iban subiendo. TSMC tuvo que traer cientos de ingenieros taiwaneses porque no encontraba personal local con la experiencia necesaria, y eso le generó roces con los sindicatos norteamericanos. Cuando esté funcionando del todo va a producir chips en procesos de cuatro y cinco nanómetros, una generación atrás de lo que TSMC fabrica en Taiwán. Lo de punta, los tres y dos nanómetros que entran en producción masiva en 2025, se queda en la isla.

Aun en el mejor de los casos, con todas las fábricas planificadas en Estados Unidos, Europa y Japón construidas a tiempo y con rendimientos competitivos, la capacidad total fuera de Taiwán no va a pasar de una fracción de la capacidad avanzada global antes de 2030 o 2032. La ventana de vulnerabilidad está abierta y va a seguir así por lo menos una década.

A eso se suma un incentivo que no se ve. A TSMC no le interesa sacar de Taiwán su tecnología más avanzada, porque desde el punto de vista taiwanés tener la producción de punta concentrada en la isla funciona como una póliza de seguro. Mientras el mundo dependa de Taiwán para sus chips, el mundo tiene un interés existencial en que Taiwán no sea invadido. Algunos analistas lo llaman el "escudo de silicio", la idea de que la importancia de TSMC para la economía global disuade a China de una agresión, ya que una guerra destruiría la producción de semiconductores de la que China misma depende.

La disuasión real: el poder norteamericano

A mí el escudo de silicio me parece un concepto elegante, pero lo tomaría con pinzas. Lo que impide que China invada Taiwán no es la dependencia de chips sino el poder militar de Estados Unidos.

China recibe más de la mitad de las exportaciones de chips taiwaneses, así que bloquear o invadir la isla sería, efectivamente, un acto de autolesión económica monumental para Beijing. Pero la historia está llena de países que tomaron decisiones estratégicamente irracionales por prestigio nacional, por ideología o simplemente porque calcularon mal. Japón atacó Pearl Harbor sabiendo que no podía ganar una guerra prolongada contra Estados Unidos, y Argentina invadió las Malvinas con la certeza de que no iba a poder sostener una guerra contra el Reino Unido. Rusia, por su parte, invadió Ucrania subestimando tanto la resistencia ucraniana como la respuesta occidental. La racionalidad económica nunca sirvió demasiado como seguro contra la agresión militar.

Lo que disuade es la capacidad del adversario para responder y su voluntad de hacerlo, y en el caso de Taiwán ese adversario es Estados Unidos. La Séptima Flota opera en el Pacífico occidental, y hay bases norteamericanas en Japón, Corea del Sur y Guam rodeando el teatro de operaciones. La superioridad naval y aérea norteamericana en la región se achicó en términos relativos frente al crecimiento militar chino, pero sigue siendo real. Igual pesa más la señal que la capacidad. La política de "ambigüedad estratégica" respecto a Taiwán se fue aclarando con los años, y Biden fue el más explícito cuando dijo en público que Estados Unidos defendería Taiwán en caso de invasión.

China lo sabe. El Ejército Popular de Liberación viene construyendo capacidad anfibia, modernizando su flota y desarrollando misiles antibuque pensados para mantener a los portaaviones norteamericanos lejos del estrecho. Pero cruzar ciento sesenta kilómetros de mar para invadir una isla montañosa, con una población hostil y un ejército razonablemente equipado, bajo la amenaza de que intervenga la primera potencia militar del mundo, es una operación que incluso un estratega audaz pensaría dos veces, o tres, porque si la invasión fracasa el Partido Comunista Chino no sobrevive a la humillación.

El cerrojo del Pacífico

Estados Unidos tiene otra razón para no darse el lujo de perder Taiwán, y esta tiene poco que ver con los chips. Durante la Guerra Fría se llamó Primera Cadena de Islas al arco que sale del archipiélago japonés, baja por las Ryukyu, pasa por Taiwán, atraviesa las Filipinas y termina en Borneo, y Taiwán es la pieza central de ese arco. Durante setenta y cinco años funcionó como un cerrojo geográfico sobre la proyección naval china hacia el Pacífico abierto.

En esto la geografía no tiene piedad. La costa este de China da al Mar Amarillo, al Mar de China Oriental y al Mar de China Meridional, y los tres son, en los hechos, aguas interiores. Un buque chino que quiera salir al Pacífico tiene que pasar por estrechos custodiados por aliados norteamericanos, ya sea el estrecho de Miyako (entre Okinawa y las pequeñas islas japonesas de Miyako e Ishigaki), el canal de Bashi (entre Taiwán y el norte de Filipinas) o alguno de los pasos menores entre las Ryukyu, todos bajo vigilancia continua. Para un submarino chino que busque el Pacífico profundo, eso es un embudo donde lo esperan sensores, patrullas aéreas y submarinos aliados.

Taiwán es lo que ancla el sistema. La isla mira a China por su costa occidental, y por la oriental da de frente al Pacífico abierto, con aguas profundas a pocos kilómetros. Si Taiwán cae bajo control chino, la Marina del Ejército Popular de Liberación consigue algo que no tuvo nunca en su historia moderna, puertos de aguas profundas con acceso directo al océano, sin estrechos que cruzar ni aliados que esquivar. Los submarinos nucleares chinos, que hoy operan desde Hainan y tienen que atravesar aguas vigiladas antes de poder desaparecer, saldrían desde la costa este de Taiwán al océano profundo en cuestión de horas, y seguirlos pasaría a ser imposible de un día para el otro.

Las consecuencias en cadena llegan enseguida. Yonaguni, la isla habitada más occidental de Japón, está a ciento diez kilómetros de la costa taiwanesa, de modo que la defensa meridional japonesa queda comprometida al día siguiente de la caída de Taipéi. Filipinas queda flanqueada desde el norte, y el Mar de China Meridional, donde Washington todavía disputa el acceso, se cierra casi del todo. El perímetro norteamericano retrocede en la práctica de la Primera Cadena a la Segunda, la que pasa por Guam, a casi tres mil kilómetros de la costa china, y los grupos de batalla norteamericanos, que hoy se mueven con relativa libertad por el Pacífico occidental, pasarían a hacerlo bajo la amenaza directa de misiles lanzados desde lo que para entonces sería la frontera de China.

Tokio lo entendió antes que cualquier capital europea. Fue Shinzo Abe el que lo puso en palabras: una emergencia en Taiwán es una emergencia para Japón. Abe describía, con cuarenta años de retraso, algo que siempre había sido cierto, y de ahí que Japón se esté rearmando, refuerce sus bases en las Ryukyu, permita el despliegue norteamericano en Yonaguni y haya llevado el gasto de defensa a niveles que hace una década habrían sido impensables.

El chip es el argumento que entiende todo el mundo. El cerrojo es más viejo y, sospecho, más decisivo. En Taiwán se juntan las dos razones por las que Estados Unidos va a defenderlo, la industria de la que depende el mundo y una geografía sin la cual el dominio norteamericano del Pacífico no se sostiene.

El dilema chino

La dependencia de TSMC condiciona las decisiones de todas las grandes potencias. A Estados Unidos, perder Taiwán le costaría credibilidad estratégica en el Indo-Pacífico y encima el acceso a TSMC, que es de donde sale la ventaja tecnológica que sostiene su supremacía militar. De Taiwán vienen los chips de los que dependen los sistemas de armas norteamericanos, la inteligencia artificial que alimenta sistemas de targeting como Palantir, los procesadores que hacen funcionar los satélites y las redes de mando y control. Una guerra en el estrecho sería entonces un evento sistémico, de los que reconfiguran la economía global y el equilibrio de poder de maneras que ningún modelo puede anticipar.

China tiene el mismo problema visto desde el otro lado del espejo. Si invade Taiwán y destruye las fábricas de TSMC, se queda sin los chips de los que depende su propia economía. Capturarlas intactas sería técnicamente casi imposible, por lo frágiles que son esas instalaciones, y aun así necesitaría décadas para hacerlas funcionar sin los ingenieros taiwaneses, que presumiblemente huirían o serían evacuados. Queda el bloqueo sin invasión, que provoca justo la crisis económica global que Beijing quiere evitar, porque cada país afectado se alinearía con Estados Unidos, así que tampoco por ese lado la fuerza militar le resuelve el problema de los semiconductores.

En paralelo, China intenta desarrollar capacidad propia a través de SMIC y de una inversión estatal masiva, con resultados reales pero limitados. SMIC fabrica chips en procesos maduros de veintiocho nanómetros y, según algunas fuentes, logró producir chips de siete nanómetros. La brecha con TSMC en los tres y dos nanómetros es enorme, y las restricciones de exportación norteamericanas, que le cierran a China el acceso a las máquinas de litografía EUV de ASML, hacen muy difícil achicarla. China puede fabricar chips para sus necesidades básicas, pero no los que necesita para competir en inteligencia artificial, computación de alto rendimiento y sistemas militares de punta, y esa dependencia es hoy la mayor vulnerabilidad estratégica de Beijing, sin una solución a la vista.

El silicio como petróleo del siglo XXI

Entre los estrategas se repite una analogía según la cual los semiconductores son el petróleo del siglo XXI. Igual que el petróleo en el siglo XX, los chips son un recurso esencial para toda la actividad económica y militar avanzada. Su producción está concentrada en pocos lugares, con las vulnerabilidades estratégicas que eso trae, y quien controla las fuentes tiene en la mano un factor de poder geopolítico de primer orden.

La analogía tiene un límite. El petróleo es un recurso natural que se saca del suelo, y un país que pierde una fuente puede buscar otra; el petróleo saudí se reemplaza, con costos, por petróleo de esquisto norteamericano o por petróleo noruego. Los semiconductores avanzados, en cambio, son un producto de una complejidad tecnológica sin antecedentes, fabricado por una empresa con tres décadas de ventaja acumulada en un lugar específico del planeta, y para eso no hay sustituto disponible ni pozo alternativo que perforar.

Así vive hoy el mundo. El teléfono con el que leés esto y el servidor que procesa esta página dependen de una isla en el Pacífico occidental que un gobierno autoritario reclama como propia y que una sola empresa hace funcionar, y lo mismo pasa con el sistema de inteligencia artificial que asiste la investigación médica o con el procesador que guía un misil de precisión.

Morris Chang, que se retiró de TSMC en 2018, construyó lo que puede ser la empresa más estratégicamente importante de la historia. Hay empresas más grandes y más rentables, pero ninguna cuya ausencia sería tan irreemplazable en cualquier plazo que importe. Si TSMC dejara de funcionar mañana se frenaría la industria de la inteligencia artificial y colapsaría la producción de smartphones; las cadenas de suministro de defensa de Occidente entrarían en crisis, y la economía global se llevaría un shock del que tardaría años en recuperarse.

El reshoring hace falta y la diversificación es urgente, pero siendo honestos la ventana de vulnerabilidad va a durar por lo menos una década. Durante esa década, la paz en el estrecho de Taiwán, y con ella la estabilidad de la economía global y de la cadena de suministro de la que depende todo, va a seguir colgando de lo mismo que desde 1949, de que los portaaviones norteamericanos sigan navegando el Pacífico occidental y de que Beijing crea que usarlos no es un farol.

Toda la civilización tecnológica está apoyada sobre una cornisa, y a la cornisa la sostiene una flota.

Compartir
X
Versión
Anterior
000028 Ocho compases
Siguiente
Amon Hen · Buenos Aires Geoscope Forza Hoja |