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Lo que Ucrania enseñó sobre la guerra (y lo que prefieren no aprender)

What Ukraine Taught About War (And What People Would Rather Not Learn)

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La guerra en Ucrania es el laboratorio militar más importante desde 1945. Las armas, en su mayoría, ya existían antes de febrero de 2022; lo nuevo es lo que la guerra mostró sobre el combate moderno, y lo que mostró es incómodo, porque la guerra del futuro se parece bastante más a la del pasado de lo que cualquier planificador del Pentágono o de Bruselas estaba dispuesto a admitir.

Tres años de combate a escala industrial entre dos ejércitos convencionales dejaron un catálogo largo de lecciones tácticas y operacionales, y esas lecciones van a definir la doctrina militar de las próximas décadas. Hay algunas espectaculares, de las que se viralizan, como el drone de cuatrocientos dólares que revienta un tanque. Otras hacen menos ruido y pesan más, como el colapso de los inventarios de municiones occidentales o la trinchera que vuelve a ocupar el centro del campo de batalla. Lo que sigue trata de ordenarlas y de separar lo que importa de lo que junta clicks.

Una guerra que se podía ver venir

Que Rusia invadió Ucrania es un hecho, y pensar que lo hizo en un vacío geopolítico es una fantasía, así que hay que ir un poco para atrás. La OTAN empezó a correrse hacia el este en 1999, con Polonia, Hungría y la República Checa, y siguió en 2004 con los tres bálticos, Bulgaria, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia, pasando todo el tiempo por encima de las advertencias rusas. George Kennan, el arquitecto intelectual de la política de contención durante la Guerra Fría, le dijo en 1998 a Thomas Friedman, en la entrevista que dio cuando el Senado norteamericano aprobó la primera ronda de ampliación, que la decisión sería "el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era post-Guerra Fría". En 2008 William Burns, que años después iba a dirigir la CIA, mandó desde la embajada en Moscú un cable diplomático cuyo asunto se entendía sin traducción: "Nyet means nyet". Rusia no iba a tolerar que Georgia y Ucrania entraran a la alianza, y en eso Putin hablaba por toda la clase política rusa.

Después vino Bucarest. En esa cumbre de 2008 la OTAN declaró que Ucrania y Georgia "serán miembros" y a la vez se negó a darles un Membership Action Plan, un calendario o cualquier mecanismo concreto. Probablemente no había resultado peor que esa promesa sin respaldo, que a Rusia le anunciaba a sus vecinos adentro de una alianza militar hostil y a Kiev y a Tbilisi les hacía creer en un paraguas de seguridad que en la práctica no existía. Rusia invadió Georgia cuatro meses después, y Ucrania catorce años más tarde.

Nada de esto justifica la invasión, aunque explicarla sea otra cosa, y la geopolítica se mueve en el terreno del poder mucho más que en el de la moral. Rusia hizo lo que hace cualquier gran potencia cuando siente que le están comiendo la esfera de influencia. Estados Unidos hizo lo mismo en Cuba en 1962 y en Centroamérica durante décadas, y lo haría sin pestañear si Beijing pusiera bases militares en México. El doble estándar, si algo, confirma la regla.

El drone de cuatrocientos dólares

La imagen más fuerte de esta guerra es también la que más engaña. Un drone FPV armado con componentes comerciales, que cuesta entre trescientos y quinientos dólares, se tira contra un tanque ruso T-72 que vale millones y lo destruye. El video da vueltas por Telegram y los comentaristas de defensa salen a declarar el fin de la guerra blindada, con el tanque convertido en dinosaurio.

Las cosas son más enredadas. Según un funcionario de la OTAN citado por Foreign Policy, más de dos tercios de los tanques rusos destruidos en los últimos meses cayeron ante drones FPV, una cifra que impresiona hasta que se la mira de cerca. Rob Lee, investigador del Foreign Policy Research Institute que viajó regularmente al frente ucraniano, estima que la precisión general de los FPV está por debajo del cincuenta por ciento y que para destruir un tanque pueden hacer falta diez intentos o más. Es un arma barata y masiva, que funciona por volumen.

Donde el FPV sí movió las cosas fue en la economía de la guerra. Un ejército capaz de fabricar doscientos mil drones por mes, que es lo que Ucrania dice fabricar, puede darse el lujo de fallar el setenta por ciento de las veces y seguir causando pérdidas devastadoras. Desde 1940 la guerra blindada se apoyaba en la idea de que un tanque caro, pero protegido, justificaba la inversión con su fuego y su capacidad de maniobra. Esa cuenta se rompió. El tanque sirve igual que antes, pero frente a un enjambre de aparatos desechables ya no rinde lo que cuesta.

Igual, un drone no toma terreno. Limpiar una trinchera o sostener un flanco sigue siendo trabajo de un soldado de infantería, como en 1918 o en 1943. Los tanques en Ucrania siguen ahí, más caros de mantener vivos y con otro papel. Cada vez más se los usa como artillería móvil, tirando desde posiciones más lejanas en vez de encabezar asaltos, y las tripulaciones los abandonan al primer impacto porque esperan un segundo ataque, más destructivo.

En diciembre de 2024 Ucrania puso en el frente la primera fuerza de asalto totalmente robótica, docenas de vehículos terrestres no tripulados con ametralladoras y drones kamikaze coordinados contra posiciones rusas en la región de Járkov. Fue un hito, sin duda. De ahí a llamarlo el futuro de la guerra hay un trecho, porque se trató de un experimento exitoso en un sector y contra una posición determinados, en una guerra que se sigue decidiendo metro a metro con hombres armados de rifles.

La reina del campo de batalla

El FPV se lleva los videos, pero lo que pasa todos los días en esta guerra es la artillería. Ucrania y Rusia gastan municiones de artillería a un ritmo que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial, y probablemente desde la Primera, y ese gasto dejó a la vista algo que Occidente prefería no mirar, que las bases industriales de defensa de la OTAN no están preparadas para una guerra larga.

La producción rusa de proyectiles de 122mm y 152mm pasó de unas cuatrocientas mil unidades por año en 2022 a más de cuatro millones para 2025, y encima hay que sumarle millones de proyectiles norcoreanos. Con eso Rusia llegó a una ventaja de fuego de cinco a uno sobre Ucrania. En Estados Unidos, en cambio, la producción de proyectiles había caído durante la década de 2010 a menos de tres mil por mes. En 2024 ya iba por cuarenta mil y el objetivo es llegar a cien mil mensuales para fines de 2025, lo que es un avance enorme y todavía no alcanza.

Mark Rutte, secretario general de la OTAN, lo dijo de una manera que a cualquier planificador europeo lo tendría que incomodar: Rusia produce en tres meses lo que toda la OTAN produce en un año. Y lo hace con una economía veinticinco veces más chica que la de la alianza, así que el problema está en la estructura industrial, después de décadas de "dividendo de paz", de tercerización y de logística just-in-time que dejaron a Occidente sin capacidad para fabricar municiones convencionales a escala. La OTAN se preparó para guerras cortas y quirúrgicas, con misiles de precisión y superioridad aérea, y Ucrania mostró que la próxima podría ser larga y sucia, y tragarse proyectiles de artillería convencional sin parar.

Hay un detalle que casi nunca aparece en el análisis general. Ucrania opera diecisiete tipos diferentes de obuses de 155mm, de fabricantes de la OTAN y de afuera, y solo de proyectiles de alto explosivo tiene casi cincuenta modelos distintos. Eso trae problemas masivos de interoperabilidad que nadie había previsto. Hay combinaciones de cañón y munición que encajan físicamente y después, en vuelo, son impredecibles; hay propelentes modernos que generan presiones inseguras en proyectiles de los años cincuenta, y para la mayoría de esas combinaciones directamente no existen tablas de tiro. Por lo visto, la estandarización de la OTAN funcionaba sobre todo como concepto político. Queda el precio. El proyectil ruso de 152mm cuesta unos mil dólares y el estándar OTAN de 155mm cuesta cuatro mil, un diferencial que en una guerra de atrición importa más que cualquier ventaja tecnológica.

La trinchera volvió

Puede que la imagen más desconcertante de la guerra en Ucrania, más que cualquier drone o misil hipersónico, sea una trinchera, o mejor dicho kilómetros de trincheras, con fortificaciones escalonadas y campos minados de una densidad que no se veía desde Kursk en 1943. El frente tiene más de mil kilómetros, los avances se miden en metros y los soldados conviven con ratas, barro y enfermedades, como en Verdún.

De ahí algunos sacan que la guerra no cambió, y se equivocan, porque la trinchera volvió porque la tecnología cambió. La paradoja ya se vio una vez. En la Primera Guerra Mundial el poder de fuego creció de golpe con la artillería y las ametralladoras, moverse al descubierto pasó a ser un suicidio y los ejércitos tuvieron que enterrarse. En Ucrania el mismo efecto sale de sumar drones de reconocimiento que están en todas partes, artillería guiada y FPVs al acecho de cualquier vehículo o grupo de soldados que se asome. Con miles de ojos electrónicos mirando todo en tiempo real, el campo de batalla se volvió transparente, y esa transparencia favorece al que defiende. Esconderse es casi imposible, y moverse es peor.

Los dos bandos quedaron atrapados en una parálisis operacional que los frustra por igual. Rusia no puede juntar fuerzas para una ofensiva decisiva sin que los drones y la artillería ucranianos deshagan la concentración antes de que se arme. Ucrania no logra perforar las líneas defensivas rusas, como se vio con dolor en la contraofensiva del verano de 2023, porque las defensas escalonadas de la famosa Línea Surovikin, sumadas a campos minados densos y al fuego de artillería, hacen que cada metro ganado cueste un precio inaceptable. Así que los dos ejércitos terminan haciendo lo mismo, asaltos de infantería a pequeña escala, compañía por compañía, contra posiciones preparadas, en un patrón que recuerda menos a la "guerra del futuro" que a Passchendaele.

Stephen Biddle, de Foreign Affairs, lo puso con precisión: aunque las herramientas son nuevas, los resultados que producen en su mayoría no lo son. La tecnología de punta convive con ecos de un pasado que creíamos terminado, porque cualquier aparato nuevo entra en una guerra que tiene sus constantes desde hace siglos, y la relación entre fuego y movimiento es una de ellas.

El campo de batalla invisible

Adentro de esta guerra hay otra, la electrónica, que no da imágenes para viralizar y sin embargo define el resultado de cada operación. Ahí se decide si un drone llega al objetivo o se cae inerte y si un misil guiado por GPS pega donde tiene que pegar o se pierde en la nada; también, si una unidad puede seguir hablando con su mando o queda aislada y a ciegas.

Rusia nunca la dejó de lado. Occidente, terminada la Guerra Fría, puso los recursos en otras cosas, mientras Moscú seguía invirtiendo y desarrollando capacidades EW de primer nivel. Tiene más de cuatrocientos sitios de radar repartidos por su territorio y una doctrina que pone la guerra electrónica en el centro de las operaciones, y esa ventaja en el frente se nota. Los sistemas EW rusos derriban drones, falsifican señales GPS, interfieren comunicaciones y le bajan la precisión a municiones guiadas occidentales como el Excalibur.

Ucrania contestó con una carrera de adaptación que no se termina nunca. Cada innovación dura semanas, a lo sumo meses, hasta que el otro lado le encuentra la contramedida, y un drone que funcionaba en marzo ya no servía en junio. Los operadores de FPV cuentan que en las zonas de guerra electrónica densa sus aparatos sobreviven apenas minutos, en un ciclo de innovación más rápido que cualquiera de la historia militar moderna.

La respuesta que más pesó en ese ciclo fue el drone de fibra óptica, que apareció en 2024. En vez de comunicarse por radio, va soltando un cable de fibra óptica mientras vuela, y eso lo vuelve inmune al jamming electromagnético. La solución es elegante y un poco absurda, porque para ganarle a la guerra electrónica del siglo XXI hubo que volver al cable físico, la tecnología de comunicación más vieja que hay. Pero funciona, y empujó a los dos bandos a la vuelta de tuerca siguiente, que es la inteligencia artificial. En 2025 empezaron a aparecer en el frente drones con reconocimiento autónomo de blancos, capaces de mantener el rumbo hacia el objetivo aunque pierdan la comunicación con el operador. Por ahora son primitivos y no pasan de un reconocimiento visual básico, pero se ve para dónde va la cosa.

A la OTAN todo esto la deja mal parada, porque en guerra electrónica la alianza está muy por detrás de Rusia. Durante décadas las capacidades EW críticas las puso Estados Unidos (recolección de inteligencia electrónica, supresión de defensas aéreas, jamming), y con la segunda administración Trump mirando hacia otros teatros esa dependencia pasó a ser una vulnerabilidad. Según un análisis de RAND, Europa quedó en una posición de debilidad comparativa que le resta disuasión frente a Rusia en una dimensión de la guerra que decide cada vez más.

La inteligencia que decide

Hay una asimetría que no sale en los videos de drones y que pesa más que cualquiera de los sistemas que sí salen. Si esta guerra dejó algo fuera de discusión, es que la inteligencia estadounidense juega en un nivel que ningún otro actor del planeta puede igualar.

Washington decidió desclasificar inteligencia y pasársela a Kiev en tiempo real, antes de la invasión y durante, y esa decisión fue probablemente el factor individual que más hizo por la supervivencia ucraniana en las primeras semanas. Antes del 24 de febrero, la inteligencia norteamericana publicó los planes rusos con un nivel de detalle que descolocó al Kremlin, con rutas de avance, unidades involucradas, intenciones operacionales y hasta la fecha de la invasión. Nunca antes una potencia había desclasificado inteligencia sensible de manera sistemática para quitarle a un adversario la sorpresa estratégica, y salió bien, porque cuando Putin lanzó la operación ya nadie podía decir que fuera secreta.

Ya en guerra, la combinación de inteligencia satelital, de señales y humana le permitió a Ucrania pegarle a objetivos de alto valor con una precisión que por sus propios medios no habría tenido. El hundimiento del crucero Moskva en abril de 2022, los ataques sistemáticos contra depósitos de municiones rusos a lo largo de 2022 y 2023 y la efectividad general del HIMARS contra la logística rusa no se entienden sin el flujo constante de inteligencia occidental. Un HIMARS es un lanzador de cohetes que sabe a dónde apuntar porque alguien, en un edificio en Virginia, se lo dice.

Con los sistemas de armas occidentales en general pasa algo parecido. Javelin y NLAW fueron devastadores en la primera fase, cuando las columnas blindadas rusas avanzaban sin la cobertura adecuada, y el HIMARS cambió la guerra de artillería porque permitía golpes precisos contra objetivos en profundidad. Los Leopard 2 y los Abrams, que llegaron entre mucha fanfarria mediática, rindieron menos; sirvieron, pero estuvieron lejos de ser decisivos en un campo dominado por drones, minas y artillería. Los sistemas en sí pueden ser muy buenos, pero la guerra moderna desgasta cualquier plataforma que opere por fuera de un sistema integrado de inteligencia, defensa aérea, guerra electrónica y vigilancia constante, y hoy el único que tiene ese sistema completo es Estados Unidos.

La revolución del Mar Negro

Si en algún teatro de esta guerra la innovación ucraniana dio un resultado revolucionario de verdad, fue en el mar. Un país sin una armada de peso logró neutralizar más o menos un tercio de la Flota rusa del Mar Negro y obligar al resto a dejar sus bases principales en Crimea, y lo hizo con drones navales que se pueden construir en un garage.

Todo arranca en octubre de 2022, cuando una flotilla de pequeños USVs (vehículos de superficie no tripulados) se metió entre las defensas del puerto de Sebastopol y atacó varios buques de guerra. Hicieron poco daño, pero el mensaje se entendió. Para febrero de 2024 los Magura V5, los drones navales insignia de la inteligencia militar ucraniana, ya eran los primeros drones marítimos en hundir buques de guerra enemigos en combate, la corbeta Ivanovets y el buque de desembarco Tsezar Kunikov. En su primer año operativo los Magura destruyeron ocho buques rusos y dañaron otros seis, con más de quinientos millones de dólares en pérdidas.

Cada Magura V5 cuesta entre doscientos cincuenta mil y trescientos mil dólares y un buque de guerra ruso, decenas o cientos de millones, así que la asimetría económica es todavía más brutal que con los drones aéreos. El drone en sí es, al fin y al cabo, una lancha rápida con una cámara, comunicación satelital y una carga explosiva en la proa, y lo que lo vuelve temible es el concepto operacional en el que está metido. Ucrania integró los USVs en un sistema donde entran la inteligencia en tiempo real, las tácticas de enjambre con señuelos, los drones aéreos de reconocimiento y los misiles antibuque disparados desde tierra, un esquema multidominio con el que un país sin marina puede ejercer negación marítima efectiva sobre una potencia naval.

Lo más llamativo llegó en mayo de 2025, cuando USVs Magura de la variante V7, armados con misiles aire-aire Sidewinder reconfigurados, derribaron dos cazas Su-30 rusos. Era la primera vez en la historia que drones marítimos no tripulados bajaban aviones militares tripulados en combate, cosa que a cualquier almirante del mundo le debería preocupar.

Nada de esto habría sido posible sin Starlink, que de militar no tiene nada. Las comunicaciones satelitales bidireccionales de alta capacidad son las que permiten manejar un drone en tiempo real a cientos de kilómetros de distancia. Sin Starlink, los USVs ucranianos serían poco más que torpedos autónomos primitivos; con Starlink se vuelven plataformas de combate flexibles, que pueden abortar una misión, cambiar de objetivo u operar en enjambre. Que capacidades militares críticas dependan de infraestructura comercial civil también entra, por derecho propio, en la lista de lecciones de esta guerra.

Lo que están aprendiendo (y lo que están aprendiendo mal)

Todos los ejércitos del mundo están mirando Ucrania, y no todos sacan las conclusiones correctas. Que los drones cambiaron la guerra lo entendió todo el mundo. De Washington a Pekín y de Tel Aviv a Ankara se multiplicaron los programas de drones militares. Estados Unidos lanzó el programa T-REX para entrenar operadores de FPV en condiciones realistas, y Ucrania creó una rama militar entera, las Fuerzas de Sistemas No Tripulados, con la misma jerarquía que el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. Empresas como Anduril prueban sus drones autónomos en el frente ucraniano para ganarse la credencial de "probado en combate". Hasta los carteles mexicanos, según reportes del Small Wars Journal, mandaron combatientes a Ucrania a absorber tácticas de drones.

Lo que muchos no entendieron, o prefieren ignorar, es todo lo demás, empezando por lo industrial, que es lo primero que se esquiva. La guerra mostró que un conflicto de alta intensidad entre potencias convencionales se come munición y equipo a un ritmo que supera por órdenes de magnitud la capacidad de producción en tiempo de paz: los inventarios se vacían en semanas y la producción tarda años en escalar. La base industrial de defensa europea, sobre todo, está fragmentada, le falta financiamiento y depende de cadenas de suministro globalizadas, que es lo que cabía esperar después de treinta años de dividendo de paz y de creer que las guerras del futuro iban a ser cortas y precisas. Ucrania demostró que pueden ser largas y brutales, además de industriales.

Después está la transparencia. En un campo de batalla donde todo se ve y a todo se le puede apuntar, el que defiende tiene una ventaja estructural. Atacar posiciones preparadas, con campos minados, trincheras, artillería preregistrada y enjambres de drones, exige una coordinación de armas combinadas que pocos ejércitos del mundo pueden ejecutar, y ni Ucrania ni Rusia mostraron poder hacerlo a escala. La maniobra ofensiva a gran escala, que es el corazón de la doctrina de la OTAN desde la Guerra Fría, se volvió muchísimo más difícil, y eso va bastante más allá de Ucrania.

La lección más incómoda les toca a los europeos. A Europa le faltan capacidad industrial y profundidad de inventarios para sostener un conflicto de alta intensidad, y le falta también la voluntad política. La OTAN funciona mientras Estados Unidos esté dispuesto a subsidiar la defensa europea, y Estados Unidos viene dando señales bastante claras de que sus prioridades están en otro lado. Lo que la guerra dejó a la vista es una seguridad europea colgada de una garantía norteamericana que ya no se puede dar por sentada. Y a mí la respuesta europea, con toda su retórica de "Zeitenwende" y rearme, me sigue pareciendo lenta y fragmentada, demasiado pendiente de que otro se haga cargo de los problemas difíciles.

La guerra más vieja de lo que pensamos

Se entiende la tentación de mirar Ucrania y ver el futuro, con drones autónomos, IA en el campo de batalla, robots de combate y guerra electrónica de espectro completo. Todo eso está ahí y pesa. Pero sospecho que la lección de fondo va para el otro lado, y que la guerra del futuro va a ser más vieja de lo que pensamos.

Va a haber trincheras, porque en un campo de batalla transparente lo que se mueve se muere, y artillería en cantidades industriales, ya que los proyectiles guiados de precisión salen demasiado caros para sostener una guerra larga. Las bases industriales van a tener que producir munición por millones y no por miles, y eso es apenas el punto de partida. La infantería va a seguir haciendo falta mientras ningún drone pueda tomar terreno. Y por encima de todo hace falta voluntad política para aguantar años, no semanas, que es la condición más rara de todas, porque depende de electorados que dicen querer prepararse y que casi nunca parecen dispuestos a pagar la factura.

Ucrania fue una advertencia escrita con tiza gruesa.

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