geopolítica; estados unidos; rusia; china; conflicto; defensa · 10 min
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El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales de Estados Unidos entraron a la casa de Nicolás Maduro en Caracas, lo sacaron de la cama y lo subieron a un helicóptero. Cuarenta minutos después el presidente de Venezuela iba camino a Nueva York, donde lo esperaba un juicio. Menos de dos meses más tarde, Estados Unidos e Israel lanzaron contra Irán la Operación Epic Fury, una serie de ataques conjuntos sobre Teherán, Isfahan, Qom y Kermanshah que en la primera semana destruyeron el ochenta por ciento de las defensas aéreas iraníes y mataron al Líder Supremo Alí Jamenei. Según Trump, Irán se quedó sin marina, sin fuerza aérea y sin radar.
Fueron dos operaciones en dos meses, en continentes distintos y contra gobiernos soberanos, y como resumen crudo de cómo funciona el mundo, la verdad es que alcanza. La reacción internacional fue la previsible. China y Rusia condenaron. El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió de emergencia, como cada vez que pasa algo grave, y no hizo nada, como cada vez que se reúne de emergencia. Irán invocó la Carta de las Naciones Unidas, Europa esperó al lunes y varios países del Sur Global pidieron "respeto por la soberanía" y "soluciones diplomáticas". La maquinaria retórica del derecho internacional arrancó con la eficiencia de siempre y los hechos quedaron donde estaban, que es donde iban a quedar de todos modos.
Sería cómodo leer lo de Venezuela y lo de Irán como anomalías, pero a mí me parece que muestran al orden internacional funcionando tal como se lo diseñó. Eso que llaman "derecho internacional" es, en la práctica, un conjunto de normas (y un gran derroche de recursos) que se aplican cuando al más poderoso le sirve que se apliquen, y que quedan en suspenso cuando no le sirve. Para explicarlo no hace falta ningún misterio ni un cinismo especial, porque es la regla.
El "orden basado en reglas" que invocan los diplomáticos y los editorialistas de ciertos diarios es una ficción, pero una ficción operativa, y a veces funciona. Regula el comercio y estandariza las comunicaciones, y fija los protocolos de la aviación civil. En lo mundano, el derecho internacional anda bastante bien, y nadie se pone a discutir las normas de la Unión Postal Universal.
En lo que importa, la guerra y la paz, quién manda y quién obedece, el asunto cambia. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se diseñó en 1945 alrededor de un mecanismo que retrata al sistema entero, el veto. Las cinco potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial se aseguraron de que ninguna resolución pudiera aplicarse contra ellas, y eso estuvo en los planos desde el primer día. Las grandes potencias crearon un organismo internacional y lo primero que hicieron fue garantizar que nunca pudiera obligarlas a nada.
Así que cuando Estados Unidos vetó cualquier posibilidad de acción del Consejo de Seguridad después de atacar Irán, usó las reglas tal como fueron escritas. China y Rusia pidieron una sesión de emergencia y pronunciaron discursos solemnes, y la sesión terminó sin una sola resolución. El Secretario General António Guterres advirtió sobre "una cadena de eventos que nadie puede controlar". Nadie lo escuchó, y nadie tenía por qué escucharlo, que es más o menos lo que dice la descripción del cargo.
Dos meses antes, con Venezuela, había pasado casi lo mismo. El Consejo se reunió, los mismos países condenaron, los mismos se abstuvieron de condenar y Maduro siguió preso en Brooklyn. El teatro diplomático sigue un libreto tan previsible que se podrían escribir los comunicados de prensa antes de que pasaran los hechos.
Circula una lectura popular según la cual lo que separa a Estados Unidos de otras potencias es su disposición a romper normas, un cinismo propio, el desprecio por la soberanía ajena, y China y Rusia no harían cosas parecidas porque respetan más el orden internacional. Es una explicación cómoda, y es falsa.
La razón es más simple y bastante menos halagüeña para ellos. China y Rusia no capturan presidentes ni bombardean países al otro lado del mundo porque no pueden, y eso es una cuestión de capacidad mucho antes que de voluntad o de moral.
En el último año, Estados Unidos condujo operaciones de combate sobre Yemen, Irán y Venezuela sin perder un solo avión tripulado por fuego enemigo. Fueron tres teatros de operaciones distintos, con adversarios que tenían defensas aéreas provistas por Rusia, China e Irán, y no hubo una sola baja aérea confirmada. Rusia, en cambio, pierde aviones de combate de forma rutinaria en Ucrania, a veces varios en una misma semana, contra un país que ni siquiera tiene una fuerza aérea comparable. Y China, que en el papel tiene el segundo presupuesto militar del mundo, entrena a sus pilotos explícitamente para evitar el combate aéreo directo con aviones estadounidenses.
En Caracas se vio con más claridad que en ningún lado. Venezuela tenía sistemas de defensa aérea rusos, drones iraníes y equipamiento chino, en teoría un paquete disuasorio respetable. Las fuerzas estadounidenses penetraron el espacio aéreo, volaron sobre Caracas, llegaron al complejo presidencial fortificado y sacaron a Maduro en helicóptero en cuestión de horas. Todo salió tan limpio que algunos analistas especularon con que no hubo resistencia real y que a Maduro lo entregó su propia gente en un acuerdo secreto, una sospecha que dice más sobre lo poco que se entiende la brecha militar que sobre lo que pasó de verdad.
La superioridad táctica estadounidense es tan abrumadora que sus operaciones parecen casuales, casi mágicas, y de ahí sale una distorsión. Como las cosas se ven fáciles, se da por hecho que cualquiera podría hacerlas y que si otros no las hacen es porque eligieron no hacerlas, cuando en realidad les faltan los medios.
Hay otra diferencia con los imperios clásicos, y quizás sea la que más ayuda a entender lo que estamos viendo. Estados Unidos no se queda. Invade, interviene, extrae y transforma, pero no coloniza, y a esta escala cuesta encontrarle a ese modelo de hegemonía un antecedente histórico de verdad.
El mejor ejemplo sigue siendo Japón. En 1945 Estados Unidos había derrotado por completo al Imperio Japonés, con ocupación total, rendición incondicional y dos bombas atómicas. Si alguna vez un vencedor tuvo la justificación y la capacidad para quedarse con un territorio conquistado, fue en ese momento. Lo que hizo fue instalar una ocupación temporal, redactar una constitución democrática, reformar la economía y retirarse a los siete años. Japón pasó de enemigo mortal a aliado estratégico más cercano en el Pacífico, y hoy alberga bases militares estadounidenses y tiene la tercera economía del mundo. Con variaciones, el mismo patrón se repitió en Alemania Occidental y en Corea del Sur.
En Venezuela se insinúa algo parecido. Sin ocupación territorial, hubo una extracción quirúrgica seguida de una transición administrada: Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina, se abrió el sector petrolero a la inversión privada y se restablecieron los vínculos diplomáticos. Detrás de eso hay un cálculo bastante frío, porque a Estados Unidos le rinde más un país estable que compre sus productos y venda su petróleo en el mercado abierto que una colonia cara de administrar.
Que el modelo americano sea inteligente no lo vuelve benigno, y entender cómo funciona algo tampoco obliga a admirarlo. Alcanza con mirar cómo terminaron los modelos imperialistas europeos para entender por qué Estados Unidos no sigue ese manual.
Lo que hizo Estados Unidos en estos dos meses está a la vista. Dice bastante más lo que no hicieron los demás, sobre todo si uno repasa los papeles que habían firmado. China firmó con Irán en 2021 un acuerdo de cooperación a veinticinco años, Rusia firmó un tratado de cooperación estratégica, y las tres potencias hicieron ejercicios navales conjuntos, se juntaron en Beijing para desfiles militares y proyectaron la imagen de un frente unido contra el orden que lidera Washington. Cuando llegó la hora, ni Beijing ni Moscú hicieron nada.
La reacción de Beijing al bombardeo de Irán fue casi una copia textual de su reacción a la captura de Maduro: condena verbal, pedido de sesión del Consejo de Seguridad, llamados a "respetar la soberanía" y "cesar las hostilidades", y ninguna medida operativa que cambiara algo en el terreno. Un analista de la Universidad Americana describió a China como un "oportunista cauteloso que opera dentro de restricciones claras", algo a mitad de camino entre el patrón de Irán y un espectador pasivo.
Rusia, que llevaba años presentándose como socio estratégico de Teherán, se limitó a un comunicado de su Ministerio de Relaciones Exteriores, y Putin no habló en público. Según varios reportes, analistas en Teherán se mostraron frustrados, porque esperaban de Moscú algo más que movimientos diplomáticos en foros multilaterales. Pero Rusia tiene su propia guerra, la economía bajo sanciones y la capacidad de proyección militar diezmada por tres años de desgaste en Ucrania, así que aunque quisiera ayudar a Irán, tampoco tendría con qué.
El tratado ruso-iraní, encima, se redactó con cuidado para que no tuviera una cláusula de defensa mutua, y en diplomacia las omisiones dicen más que las declaraciones. El acuerdo con Corea del Norte sí obliga a Rusia a intervenir si Pyongyang entra en un conflicto. El pacto con Irán apenas estipula que las partes se abstendrán de acciones hostiles si la otra está en guerra.
Nada de esto es nuevo, aunque tienta presentarlo como una ruptura, como el comienzo de una era más peligrosa y más cínica. El cinismo supone que alguna vez hubo un momento de inocencia, y ese momento no existió nunca. El Congreso de Viena de 1815 rediseñó Europa según los intereses de las potencias vencedoras, y el Tratado de Versalles de 1919 hizo lo mismo. Las Naciones Unidas institucionalizaron en 1945 la victoria aliada con un Consejo de Seguridad donde los ganadores tienen veto permanente. Cada una de esas veces, los poderosos escribieron las reglas y las reglas los protegieron.
Lo que sí cambió es la escala de la asimetría, porque nunca en la historia hubo una brecha tan grande entre la potencia dominante y el resto. El presupuesto militar de Estados Unidos supera al de los diez países que le siguen, sumados, y sus fuerzas operan a la vez en todos los continentes, con una tecnología de guerra electrónica, cibernética y de precisión que nadie más tiene. China es la segunda economía del mundo, pero su capacidad de proyección militar más allá de su región inmediata es limitada. Rusia mostró en Ucrania que ni siquiera puede sostener una guerra convencional en su propia frontera sin dificultades severas.
Con esos números, hablar de un "orden multipolar" o de un "mundo post-americano" es, por ahora, más deseo que descripción. El mundo tiene un solo polo, que acaba de capturar a un presidente y de bombardear a un país que lo desafía desde hace décadas, mientras los otros dos candidatos a potencia rival miraban de afuera y emitían comunicados.
El análisis se confunde con la prescripción demasiado seguido. Los editoriales que invocan el "orden basado en reglas" como si fuera una realidad que se rompió, cuando fue una aspiración que nunca terminó de cumplirse, describen el mundo que les gustaría que existiera. Querer que las cosas sean distintas es legítimo; el problema empieza cuando se escribe como si ya lo fueran.
Trump, la Operación Epic Fury y la Delta Force en Caracas son apenas la cara más reciente del viejo orden mundial, que es la estructura permanente del sistema internacional desde que existen estados soberanos con ejércitos. Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben. Lo dijo Tucídides hace veinticuatro siglos, y todavía no se le ocurrió a nadie una refutación convincente.
Lo que estamos viendo no es el fin de un orden. Es el orden.